Una reflexión sobre la empatía y su impacto en nuestras relaciones.

En el ajetreo de nuestra vida cotidiana, a menudo caemos en la trampa de confundir simpatía con empatía. Aunque ambas emociones nos conectan con los demás, son experiencias fundamentalmente distintas. La simpatía se manifiesta como una compasión o lástima hacia la situación ajena, manteniendo una distancia emocional prudente. Es como observar el dolor del otro desde la orilla. La empatía, en cambio, nos lanza a las profundidades de la experiencia del otro, invitándonos a sumergirnos en sus sentimientos y comprender su mundo desde su propia perspectiva. Es caminar en sus zapatos, aunque sea por un momento.

La empatía no es un concepto monolítico, sino que se despliega en tres niveles interconectados, cada uno aportando una capa de profundidad a nuestra conexión humana:

  • Empatía cognitiva: Este es el primer peldaño. Se trata de la capacidad de comprender intelectualmente el estado emocional de otra persona. Es usar nuestra mente para imaginar lo que el otro está pensando o sintiendo. Esta comprensión racional es fundamental para una comunicación efectiva y para construir relaciones interpersonales sólidas. Nos permite anticipar reacciones, entender motivaciones y ajustar nuestro comportamiento en consecuencia.
  • Empatía emocional: Aquí trascendemos la comprensión intelectual y entramos en el terreno del corazón. La empatía emocional es sentir con la otra persona. Cuando un amigo comparte su tristeza, la empatía emocional nos permite experimentar un eco de esa tristeza dentro de nosotros. Esta resonancia emocional crea un vínculo genuino, una conexión que va más allá de las palabras y se siente en lo más profundo.
  • Empatía compasiva: Este es el nivel más elevado y completo de la empatía. Combina la comprensión intelectual y la resonancia emocional con un ingrediente crucial: la motivación para actuar. No solo entendemos y sentimos el dolor ajeno, sino que nos sentimos impulsados a aliviarlo, a ofrecer ayuda y apoyo. Es la empatía que se traduce en acción, en un deseo genuino de hacer el bien por el otro.

Desarrollar y practicar la empatía en estos tres niveles tiene el poder de transformar radicalmente nuestras relaciones, tanto en el ámbito personal como profesional. En el trabajo, la empatía es la piedra angular de un ambiente colaborativo, donde la confianza y el respeto mutuo florecen. Un equipo empático es un equipo más resiliente, creativo y productivo.

Sin embargo, la realidad que observamos en Chile, y quizás en muchas otras partes, nos presenta un panorama preocupante. El estudio “Contexto 2024: Vida Social y Trabajo” de Pluxee Chile revela que solo el 29% de los trabajadores chilenos percibe empatía por parte de sus compañeros. Esta cifra no solo es alarmante, sino que nos invita a reflexionar sobre las consecuencias de esta falta de conexión humana. Ambientes laborales carentes de empatía son caldo de cultivo para la toxicidad, la insatisfacción laboral y el estrés, minando el bienestar de los trabajadores y la productividad de las empresas.

Este mismo estudio destaca que el 51% de los trabajadores considera crucial tener momentos para compartir socialmente con sus compañeros durante el horario laboral. A pesar de esta necesidad percibida, la mayoría declara que comparten poco o nada socialmente durante el trabajo, evidenciando una desconexión palpable entre la importancia de la vida social y la realidad cotidiana en el entorno laboral.

La falta de empatía en el ámbito laboral puede ser un reflejo de presiones sistémicas: cargas de trabajo extenuantes, plazos ajustados que no dejan espacio para la interacción social, y culturas organizacionales que, quizás inadvertidamente, no priorizan el compañerismo y el apoyo mutuo. Es fundamental que las empresas tomen conciencia de la importancia vital de la empatía y trabajen activamente para construir ambientes donde los empleados se sientan genuinamente comprendidos, valorados y apoyados.

Y esta falta de empatía no se limita al ámbito laboral. La vivimos también en la calle, en situaciones cotidianas que nos confrontan con la fragilidad humana. Recuerdo vívidamente una escena que presencié hace no mucho tiempo en una feria libre. Una anciana, cargada con sus compras, tropezó y cayó al suelo. El golpe fue seco y doloroso. Para mi sorpresa y creciente angustia, la reacción de la gente a su alrededor fue, en su mayoría, la indiferencia. Muchos siguieron caminando, esquivándola como si fuera un obstáculo más en su camino. Algunos miraron de reojo, con una mezcla de curiosidad y prisa por seguir adelante. Casi nadie se detuvo a socorrerla. Yo, sintiendo una punzada en el pecho, me acerqué rápidamente para ayudarla a levantarse, preguntarle si estaba bien, y ofrecerle mi apoyo. Mientras la ayudaba, me invadió una profunda tristeza al pensar en la falta de empatía que acababa de presenciar. ¿Cómo era posible que, ante el evidente dolor de una persona vulnerable, la respuesta predominante fuera la indiferencia?

Esta experiencia personal me dejó pensando profundamente. La empatía no es solo una virtud deseable en el trabajo, sino un pilar fundamental de una sociedad humana y compasiva. La escena de la feria libre fue un duro recordatorio de que la empatía, a veces, brilla por su ausencia en nuestro día a día.

Entonces, te pregunto nuevamente, ¿qué tan empático crees ser? Reflexionar honestamente sobre nuestra capacidad para entender y sentir con los demás es el primer paso crucial para construir relaciones más saludables, comunidades más solidarias y, en última instancia, un mundo más humano. Cultivar la empatía en todos sus niveles no solo enriquece nuestras propias vidas, sino que también se convierte en un acto de profunda generosidad, contribuyendo al bienestar y la dignidad de quienes nos rodean. Y a veces, como en la feria libre, un pequeño acto de empatía puede marcar una gran diferencia en la vida de alguien.

Abrir chat
¿Quieres potenciar tus habilidades sociales?